Diosa Mané

Diosa Mané
Mané Castro Videla - Mujer Poeta y Artista Plástica Argentina - Española

jueves, 1 de septiembre de 2011

El erotismo



Desde mediados del siglo XIX, el feminismo lucha contra la sociedad patriarcal. Pero tardó mucho en reconocer y defender los derechos de las mujeres al placer y el deseo.

El feminismo emergió a mediados del siglo XIX en el

contexto de una vuelta de tuerca de las formas

patriarcales que se habían tornado más severas.

Un aspecto central fue la modificación de las costumbres,

una vez que la triunfante burguesía impuso, entre otras

cosas, una severa moral sexual a las mujeres.

Durante el Antiguo Régimen las mujeres de la aristocracia

habían gozado de franquías morales gracias a la oblicua

condescendencia de padres y maridos más preocupados por

ganar –y a veces no perder– los favores de otros varones,

dueños de mayor potestad a los que estaban obligados a

rendir pleitesía. Sin duda, fue especialmente famosa la

aristocracia francesa cuyas cortesanas representan un

segmento que se caracterizó por no eludir los contactos

sexuales, a menudo impulsados por los propios cónyuges.

Pero las transformaciones de fines del XVIII, el estallido de

la Revolución Francesa y la extinción de las prerrogativas

de la nobleza, significaron el ascenso definitivo de la

burguesía y el consiguiente reconocimiento de los derechos

individuales que hicieron posible la soberanía de los

varones, más allá de las tajantes diferencias sociales.


La nueva clase portaba un nuevo y estricto código de moral

sexual para las mujeres, apegado al principio de que la

sexualidad sólo podía ejercitarse con fines reproductivos, a

lo que se agregó la idea de que una mujer decente no

conocía deseo ni placer.
Es bien sabido que el ordenamiento de las esferas pública y

privada facilitó también la paralela imposición de que los

varones, de modo contrapuesto, estaban facultados para

ejercer conductas sexuales de acuerdo a su antojadizo

deseo. La doble moral masculina fue ampliamente

sancionada en las sociedades modernas y fue moneda

corriente que los varones mantuvieran un rígido orden

moral para las mujeres de la familia y desdijeran esa

misma moral cuando sometían sexualmente a otras,

comenzando por criadas y empleadas.
Es en este cuadro de doble rasero moral y de sometimiento

al deseo masculino que debe entenderse que las feministas

se apegaran a la idea de que la sexualidad era una

manifestación penosa, tal vez una anomalía, un atributo

del patriarcado que debía por lo menos inhibirse. Las

feministas estaban muy lejos de concebir como un derecho

el placer y por otra parte, el pensamiento dominante del

XIX sostenía la anestesia sexual femenina.
Las voces más autorizadas declaraban que las educadas, y

más refinadas, apenas conocían los disfrutes de la

sexualidad, reservados en todo caso a mujerzuelas

iletradas que estaban mucho más cerca de la animalidad.

Las prepotentes conductas masculinas, el forzamiento de

los actos sexuales que sufrían tantísimas mujeres, el acoso

acostumbrado que no escatimaba ambientes -aunque era

mucho más extendido en fábricas y talleres-, condujo a la

enorme mayoría de feministas a repudiar la propia

sexualidad.
Hubo, entre las más radicales, quienes propusieron cerrar

las piernas en los lechos maritales para impedir de este

modo el abuso de los cónyuges. En Inglaterra, las leyes que

penalizaron la sexualidad, entre las que se encuentra la

que condenaba la homosexualidad, fueron también

solicitadas por feministas. A la mayoría de sus adherentes

les parecía que era justo sancionar a los viciosos y a

quienes amenazaban la integridad de las congéneres.

Durante la mayor parte del recorrido realizado por la

agencia feminista en todos los países, cuyas acciones se

proyectaron con fuerza al siglo XX, la sexualidad no pudo

ingresar a la agenda de preocupaciones y reivindicaciones,

y mucho menos el erotismo.
Las feministas, en su enorme mayoría, eludían los

lenguajes vinculados con el cuerpo, con excepción, claro

está, de la celebración excluyente de la maternidad. Se

trataba de una maternidad que parecía incontaminada,

como si la concepción hubiera prescindido del contacto

carnal.
La tónica asexuada del feminismo y la conjura del erotismo

resultaron canónicos hasta el surgimiento de la “segunda

ola” en los años 1960. Hubo entonces un parte aguas, la

agenda sufrió una notable transformación. Se extinguieron

las obturaciones al deseo sexual, deviniendo la propia

sexualidad y sus orientaciones disidentes de la “normalidad

heterosexual”, un mandato de enorme significado entre las

nuevas adherentes. Desde luego, hubo retos desde diversas

vertientes, pero en todo caso debe considerarse el papel

jugado por la crítica feminista que se abrió paso con

estridentes llamados de atención sobre la negligencia

(cuando no la complicidad feminista) con las fórmulas

conculcadoras del derecho al cuerpo.
Las feministas lesbianas, especialmente, reclamaron

reconocimiento propio y contribuyeron decididamente a

alterar los restrictos códigos morales sexuales que fueron

vistos como una auténtica colonización patriarcal.

La dimensión del disfrute sexual y las autorizaciones

eróticas son, por lo tanto, una conquista muy reciente de

los vertederos feministas. Apenas ha cumplido poco más de

medio siglo.

Dora Barrancos. Investigadora principal del CONICET y profesora consulta de la UBA.