Era Nietzsche abierto, desgarrado por lo sublime y por lo político, como héroe de sus paradojas.
Era Nietzsche como héroe de una soledad "derrotada" por la locura misma. Porque lo sublime "derrota". Lo sublime, como experiencia radical de ser, te expulsa. Pero usemos aquí un verbo más gráfico: lo escupe. Lo sublime nos escupe de "Dios" para que lo-"Dios" no nos mate.
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